«Necesitaba feminismo y no me había dado cuenta.
Necesitaba poner feminismo en mi vida y no lo sabía, como una almohada para dormir, como un espejo para remirarse, como mi café en la mañana… Si, puedes vivir sin almohada ni espejo, sin feminismos y sin café, pero la vida es más incómoda y el sentimiento de soledad es muy grande. Porque en el feminismo caminan de tu mano millones de mujeres, que desde su historia, su lugar y su posición, también buscan otras formas de habitar este mundo en masculino, y no estamos solas.
Kathya es mi partera, grito en silencio, siento que me he parido a mí misma. Un embarazo de 33 años; ahora tengo que cuidarme, no olvidarme de mí.
No me escuchaba, dudaba de mi, estaba desapareciendo a cada instante, triste y ofuscada. Caminando de la mano de Kathya me adentre en mis laberintos. Allí encontré enredado un ovillo rojo, poco a poco, logramos esparcirlo por el suelo, se me enredaba entre las manos y los pies. Caos, escucha, creación… con él hacer algo bello. Una muñeca me mira y observa cada día recordando quien soy, cuánto valgo, qué he venido a hacer… y que nunca se me olvide.»